Nuestro ADN es imperfecto. Argentina vivió dos siglos de errores, oportunidades perdidas y peleas internas.
Pero hay algo que ningún error nos quitó: el Impulso. Ese impulso de levantarnos, intacto en millones de argentinos que cada día, sin que nadie los aplauda, deciden que el país vale la pena.
Y sin embargo, algo se fue rompiendo en el camino. Nos hablan de la meritocracia, cuando la meritocracia fue reemplazada por el acomodo, el talento por el apellido y el esfuerzo por el contacto.
Pero lo más grave fue perder el propósito común que lo sostenía. Sin proyecto colectivo, el progreso parece egoísmo, el talento amenaza y el sacrificio un desperdicio.